Homenaje Toda Una Vida

 Dueto Silva y Villalba

El descubrimiento de El Dorado

 

Una tarde de tragos, amigos y canciones sirvió de disculpa para el nacimiento de Silva & Villalba, uno de los grandes duetos de la música colombiana

 

El hombre de cabellos rizados y bigote cantaba rancheras y le decían el Aventurero. El de pelo lacio y calvicie incipiente cantaba joropos y era conocido como Chiribico. Amigos, lo que se dice amigos, no eran, pues  de vez en cuando se habían cruzado por alguna calle de El Espinal, pero lo cierto es que fue en el caluroso San Juan de 1967 ―en una heladería que tenía el premonitorio nombre de El Dorado― cuando ambos fueron ‘hallados’ como si fueran preciados tesoros. Sus descubridores no fueron conquistadores ni cazatalentos, sino dos barras de amigotes que toda una tarde los habían aupado para saber quién cantaba mejor.

 

El crespo era Rodrigo Silva Ramos, oriundo de Neiva, criado en Garzón y afianzado en Ibagué. El de pelo liso le llevaba trece años de diferencia al opita y había nacido en El Espinal, donde era un conocido arrocero. Aquel día, en el que partidarios de uno y otro se echaron vainazos y madrazos en medio de torrentes de Tapa Roja, amenazaba con terminar en una trifulca, pero por fortuna para los asistentes y la música nacional, alguno de los más cuerdos hizo una pausa y les propuso a todos olvidarse de mexicanos y llaneros para tocar un «bambuquito tolimense».

 

Los dos se presentaron, recordaron a amigos comunes, coincidieron en su gusto por la música andina colombiana y se declararon fanáticos de Garzón y Collazos. Sin embargo, cuando intentaron montar una primera canción, de aquellas popularizadas por el famoso dueto, se percataron de que ambos tocaban la guitarra y que para acercarse en algo al estilo de sus ídolos, uno de ellos debía ejecutar el tiple o de lo contrario, jamás habría dueto. Esta diferencia se zanjó más rápido que lo que dura un aguardiente en boca de una espinaluno ya que de sopetón, alguien apareció con el tiple que un viejo amigo le había dado a guardar a Silva Ramos. Definidos el guitarrista y el tiplista, el siguiente paso fue más fácil pues durante el reto del ranchero y el llanero se había evidenciado con claridad quién podía ser la primera voz y cuál la segunda.

 

Sobre el repertorio tampoco hubo divergencias porque si en algo ha habido unanimidad en el Tolima a través de los años ―una especie de  culto divino― es en la profunda admiración hacia las canciones de Darío y Eduardo y la manera como ellos las cantaron y el estilo que adoptaron. Por eso, cuando Rodrigo y Álvaro debutaron ese día con Mi cafetal, como si lo hubieran hecho toda la vida de la misma manera, las barras del neivano y el espinaluno se fundieron en emotivos abrazos y aguardientosos brindis. Sin duda, aquellas jubilosas expresiones fueron el presagio del exitoso medio siglo que viviría no el dueto del Aventurero y Chiribico ―como propuso aquella vez un jocoso partidario― sino de Silva & Villalba, la más exitosa pareja de la música andina colombiana en las décadas finales del siglo XX.

 

El Espinal, Bogotá y la eternidad

La Orquídea de Plata Phillips, transmitido por la cadena Caracol y patrocinado por la multinacional holandesa, fue el concurso que los lanzó al estrellato en 1968. Si bien no fueron los ganadores del certamen porque en un enigmático trueque les sacaron del bolsillo el trofeo que habían ganado abrumadoramente, el destino los recompensó con los aplausos del público, cientos de reconocimientos y la compra como pan caliente de sus elepés y casetes. Pero para llegar a la cumbre, aparte de sus innegables dotes como intérpretes, contaron con el apoyo de la Phillips, pero sobre todo, de un ícono para la cultura colombiana como Jorge Villamil quien les entregó creaciones inéditas que ellos transformaron en éxitos rotundos, entre otras, Al Sur, Oropel, Soñar contigo, El Barcino, Llamarada y Mirando el Valle del Cauca.

 

En más de cuarenta discos el dueto también incluyó obras memorables de gigantes como José A. Morales, Rafael Godoy, Efraín Orozco, Arnulfo Briceño, Miguel Ospina, Jorge Camargo, Luis Dueñas y Pedro J. Ramos. Al mismo tiempo, Rodrigo sobresalió como un vigoroso compositor que le entregó a Colombia canciones excepcionales como Viejo Tolima, Paredes viejas, Amor marino, Nuestro primer hijo, Se murió mi viejo, Fiestas en mi pueblo y Reclamo a Dios, la controvertida plegaria que recuerda a la desaparecida Armero.

 

Los aportes musicales de Silva & Villalba han sido reconocidos de manera suficiente por empíricos y académicos. Su estilo no se parecía al de Garzón y Collazos, pero tenía elementos que permitían aproximarlos. Tampoco eran similares a Emeterio y Felipe, pero en Rodrigo y Álvaro había un entrañable sabor campesino propio de los llanos del Tolima Grande. No se asimilaban a los Hermanos Martínez, pero un hilo sonoro los conectaba con «las bravas tierras de  Santander».

 

Silva impactaba con una potente primera voz en la que siempre atraía su singular falsete y Villalba era el segundo perfecto, ese que Villamil llamaba guasonamente «la voz del cucarrón». Y si bien en materia vocal Rodrigo arrasaba, en la parte instrumental era Álvaro quien se llevaba los honores al introducir con su guitarra muchas obras ideadas de una manera por grandes compositores, pero embellecidas por Villalba al empezar. A esas características inigualables hay que añadir la revolucionaria decisión de Rodrigo de darle un mayor protagonismo al tiple, muy diferente a lo que él llamaba «el sunguis, turunguis, tunguis», e incluir el bajo eléctrico en las canciones del dueto, una novedad que fue criticada por los puristas y que a la postre ―como se puede constatar hoy― ayudó a darle mayor sonoridad al ensamble entre cuerdas modernas y tradicionales.

 

El 8 de enero de 2018 viajó hacia la eternidad el Viejo capitán Rodrigo Silva Ramos. Su partida cerró el libro de la historia de Silva & Villalba y abrió las puertas de una leyenda que, como la de El Dorado, perdurará hasta el fin de los tiempos.

 

Vicente Silva Vargas

Periodista / Investigador musical

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